Érase una vez una persona que nunca estuvo sola...

Os animamos a leer el cuento que Belén Luengo Palomino, de 14 años, le ha dedicado a su hermano Antonio, alumno del Centro de Educación Especial de Apnaba y por el que ha resultado ganadora en la modalidad de narración (de 12 a 14 años) en el XIX Premio Infantil y Juvenil de Poesía y Narración, organizado cada año por el Ayuntamiento de Badajoz. Esperamos que os guste, pues podríais veros reflejados en él muchas familias en su misma situación.

(Dedicado a mi hermano Antonio Manuel)

Érase una vez una persona que nunca estuvo sola.
Moraba en un mundo que rugía, donde se concentraban todas las traiciones, los errores, la soledad y la impotencia...
Lo cierto es que ni yo misma llegué nunca a comprender con exactitud el milagro que sostenía la Tierra: Y es que en aquel caprichoso planeta, también residía el bien. Acostumbraba a darse en pequeñas dosis, se acercaba a los humanos con timidez temiendo ser rechazado, pues no era el camino fácil,y sus efectos no parecían tener una larga duración... pero al final, era lo que hacía que la Tierra siguiera girando; en un perfecto equilibrio, un fenómeno necesitaba del otro.

En ese raro lugar habitaban cientos de especies, tantas que nunca se las consiguió nombrar a todas... Pero centrémonos en una, la más curiosa y excéntrica de todas: el humano.
Estos seres presentaban figuras de lo más variadas; de hecho, solía gustarles cambiar constantemente su apariencia... Y no solo eso, también tenían unos hábitos de lo más incongruentes... No seguían pauta alguna, cada ser aparentaba ser único e irrepetible, y nunca entendí como no se les acabó la imaginación, pero supongo que esa era su especialidad: la de sorprender.

Nuestro protagonista era un humano. Un humano singular. Aunque nunca lo tuvo claro.
Nunca tuvo nada muy claro. Y esa era su mejor cualidad.
¿Habéis oído alguna vez el dicho de “nacer con estrella”? Antonio consiguió que me lo planteara, y es que fue un niño que... nunca estuvo solo.
Nació un 30 de febrero, en un año capicúa, pongamos que al dar la medianoche. Ese día el cielo brillaba como nunca antes lo había hecho. Era como si se hubiese estado preparando para lucir en todo su esplendor para la ocasión. Desde la bóveda, las estrellas miraban con desdén a las luces terrestres. Con su arrogancia,habían conseguido ahuyentar a las indeseables nubes, que siempre andan estorbando en las noches despejadas. La Luna, incluso, parecía agazaparse temerosa bajo el fulgor de los luceros. En definitiva: el firmamento les pertenecía durante aquellos escasos minutos que marcaban la fecha de fantasía. Y, como cada año, descendieron a observar a sus humanos.
Todas se encontraban en sus posiciones, listas para resplandecer y asombrar al personal, cuando los ojos del público se dirigieron a una estrella despistada: la fugaz.
No había temporada en la que no faltase, siempre llegando tarde. Las otras habían acabado por cansarse de ella, y solían dejarla atrás, perdida en algún remoto lugar del espacio. Pero era bien cabezota, y se negaba a faltar a tal ocasión, por lo que hizo su entrada, triunfal, ante la mirada expectante de los presentes.
En ese preciso instante, llegó nuestro chico al mundo. Y debido a la confusión del tiempo por el retraso de la señora estrella fugaz, sus almas quedaron atadas para siempre.

Ya en los primeros meses de vida, Antonio se iba alejando de lo que llamaríamos: “un bebé normal”. Era más bien poca la atención que prestaba a sus familiares, a los juguetes o el mobiliario en general. Sus ojos eran negros y profundos,que le daban un aspecto demasiado serio, incluso estremecedor. Andaban constantemente perdidos en la lejanía, en algún punto imperceptible entre los estímulos que se le aparecían y la pared; o tal vez más allá.

Podía reír estando solo, mientras que llegaba a mimetizarse cuando algún extraño se le acercaba.
Y es que todo lo que veíamos como propio en alguien de su temprana edad, parecía no estar a su nivel.
El sol le hacía enfadar; y la lluvia le mosqueaba. Lloraba si no había nadie cerca; y le daban crisis si había más gente de la que se esperaba.
Todo era complicado... Nada tenía sentido... Al menos, el que nosotros le dábamos.
Pero si bien,de por sí,todas sus curiosas características hacían que entenderlo fuese una tarea de lo más intrincada, había que añadirle que tampoco poseía forma alguna de lenguaje.

Solía gruñir a todas horas, incluso en la madrugada; estoy segura de que todos aquellos ruidos sin sentido debían de tener un significado. Al fin y al cabo, ¿a dónde van las palabras, una vez que las hemos pronunciado? Él sabía que en algún punto de la inmensidad, tenía que estar su receptor, el único capaz de entender sus mensajes; y yo no hacía más que observarlo y preguntarme: ¿qué está mal? ¿Por qué no cuadra en ningún esquema?

De un modo u otro los años pasaban, y el chico allí seguía, pese a que no conocíamos un camino por el que comunicarnos con él. Y allí seguía. Y allí seguía. Como la Tierra giraba con todos y cada uno de sus problemas, gracias a las pequeñas alegrías diarias; tales como las sonrisas de Antonio.
¿Por qué sonreía? ¿Qué era lo que le hacía tanta gracia? Siempre parecía vivir en la ignorancia, y sin embargo era la mar de feliz. Y yo, llena de dudas sin respuesta, me comía los sesos y perdía los papeles frente a situaciones absurdas.

Con el transcurso de los días, Antonio fue encajando en la sociedad. Al parecer nuestra familia no era la única que se enfrentaba a la realidad de tener un pequeño “extraterrestre” en casa. Y conforme indagabas en la situación, descubrías la inimaginable cantidad de casos que rodeaban a estas personas tan especiales. Si se podía meterlas en el mismo saco, era por una única característica en común: y es por lo distintos que eran. Distintos entre ellos, y distintos de la comunidad. Ajenos a todo cuanto sucedía, a lo que dejaba sin dormir los millones de habitantes de la Tierra, lo que me hacía plantearme de dónde vendrían. Y llegué a la conclusión de que cada uno poseía su propia alma de estrella.

Fueron muchas las ocasiones en las que Antonio me demostró que su simple existencia debía esconder todo un misterio. Nunca dejé de cuestionarme qué podía llevar dentro de sí,que lo envolvía y aislaba de todo mal de aquella manera. Con su vista desenfocada y su código indescifrable, su carencia de miedos y sus risas espontáneas. Y de entre todas sus rarezas, la que más me llamaba la atención era su curiosidad por la vida.
Siendo el ser más inocente que jamás hubo, observaba las plantas, el cielo y el agua como lo haría un sabio. Se concentraba y se acercaba al objeto de su estudio todo lo posible, balanceándose de un lado a otro y chasqueando los dedos. Lo miraba desde distintos ángulos, comprobando si se producía algún cambio (o eso creía yo) y después, lo dejaba ir, columpiándose hasta su próximo objetivo. ¿Qué deducía? ¿Por qué se interesaba?
Estoy segura de que llegó a saber más de la naturaleza de lo que cualquiera de nosotros lograríamos. Pero no siempre pensé así.
Hubo una época en la que todo el mundo te decía que había algún error en estas inverosímiles criaturas. Que su diferencia las hacía inferiores, incompetentes. Había incluso quien las rechazaba, pues ya mencioné que no era sencillo tratar con ellas....
Todo parecía marchar mal hasta que fuimos los demás los que poco a poco aprendimos a observar: a darnos cuenta de que en ellos debía estar la clave de la felicidad. De lo superiores que tenían que
ser al haber conseguido entender la vida tal y como es. De la buena suerte que era tener a un ser como estos en tu vida, tu piedra de toque ante el enemigo.

Fue una tarde de primavera, en un jardín rodeado por una valla de lo más simple, que lo separaba de una charca. Había un suelo repleto de hormigueros, hierba que crecía en todas direcciones, flores rojas, cientos de insectos, un perro blanco, el árbol que sujetaba la hamaca, las hojas verdes que en el florecían, el croar de las ranas, un cielo azul sembrado de nubes que tenían forma de pez... Y Antonio observaba el madero de la cerca absorto en sus cavilaciones.

Eran el lugar y el momento perfectos para descubrir todo lo que su sabia cabecita encerraba. Tras 10 años de observación silenciosa y cauta de la vida, había llegado a comprenderlo todo, él era “uno con la naturaleza”, que siempre lo había seguido, admirada ante tan bella obra: la estrella que quiso pisar la Tierra.
Un alma auténtica y lejana que había conseguido que el planeta la acogiera y acunara, por muy complicada que fuera la vida en él. Un ente gracioso e inocente, al que solo guiaba la curiosidad para entender. Una casualidad que el destino puso en el camino de todos los que con él nos cruzamos, para enseñarnos, como a mí me enseñó en ese instante, que era el mejor para estar vivos, si te sentabas a disfrutarlo.

Dios, o el azar, o las estrellas... o como quieras llamarlo, me dio a mi ángel, el que necesité para ver lo bello que es el mundo para quien se para a admirarlo; para quien lo tolera, para quien lo mima, para quien se recoge y se conoce, y para quien goza de poca,pero buena compañía. Para quien sólo escucha, para quien no entiende nada sin mirar por todos, para quien aprecia los gestos pequeños, y para quien, en definitiva, se sorprende. Para el que sonríe, porque sabe que es de todas las cosas la única que merece la pena, que deja a la Tierra girando.
Para quien acepta lo grandioso de no llegar a entender el gran por qué, y pese a todo vive feliz.
Si la mayor virtud del humano era la de sorprender, Antonio era el maestro de su categoría.

Belén Luengo Palomino
Colegio Sagrada Familia Badajoz
14 años

 

Fuente: Blog de APNABA

Fuente imagen: cuidadoinfantil.net